jueves, 16 de diciembre de 2010

Fantasmas.

Ahí estaba yo.

El árbol de duraznos de mi madre y tierra amontonada frente a mí.

El viento me pegaba en la cara y movía mi cabello feo, dejaba ver mi pánico ante la situación. Hacía un olor a humedad en la tierra que diáfana mostraba su intención de dejar caer un diluvio de febrero.

Mi cabello no era nada amable con la vista jamás: cada que crecía se encrespaba y me hacía parecer una señora vieja de esas que se cansan de su pelo y se lo cortan, de aquellas a las que no les interesa ya el cómo se ven. Al menos eso pienso yo.

Ahí estaba yo tratando de contener mi llanto ante nadie, completamente solo con la cara aterida por ese miedo a la vergüenza, justo en ese momento no veía nada, solo escuchaba cómo el viento pegaba contra las hojas del durazno, cómo mi corazón latía cada vez más fuerte y cómo ese bulto de tierra atraía todos mis miedos. Parecía enorme, se tragaba todo: el sonido, el olor, la respiración y mi calma. Al mismo tiempo estaban todos mis miedos conmigo, todas esas cosas que odié de niño se postraban frente a mí al no saber qué diría a los demás cuando tuviera que contarles.

Veía a mi hermano llorando, a mi madre igual, a mi padre con cara de enfadado y yo ahí sin saber cómo explicarlo. Justo como ahora no podía comprender la situación, no podía asimilarlo.

Sócrates había muerto y solamente yo lo había visto.

Lo tomé, ese gato parecía un tigre, estaba pesado y dócil como goma suave.

No me vio, no le abrí los ojos ni hice drama. Jamás había sido sentimental, no intenté revivirlo, solo lo tuve entre mis brazos mientras comenzaba el partido del Barcelona y lo puse en mis piernas, lo acaricié un rato.

No ronroneaba, ni me mordía, ni estaba cálido.

El partido era aburrido, no quería verlo, ni a él ni a Sócrates, tenía un nudo en la garganta. Nadie llegaba.

Le di entierro con la pala con la que hacía mis exploraciones de niño y ahí estaba ahora mismo viendo que los muertos no salen de su tumba.

Vi el día que llegó que mi paranoia me hizo creerme alérgico a él, cuando lo cargue a escondidas el día siguiente y me orinó la camiseta.

Cuando le di biberón por primera vez, inclusive cuando le hablé como si yo fuera un bebe.

Y suelto un murmullo sin quererlo, una lágrima densa y cálida escurre por mi mejilla y trato de disimularlo, aunque estoy solo trato de que nadie se de cuenta de que estoy llorando.

Cuando miro a los que me rodean, estos no existen, pero los tengo de algún modo ahí conmigo.

Y me suelto a llorar como niño.

No tengo el valor para decirle a nadie lo que ha sucedido esta tarde, quizá me complico mucho las cosas.

Y me salgo a caminar a esa avenida que hoy parece el fin del mundo.

Creo que soy muy dramático.

No, espera.

Creo que no.

Y voy, de algún modo solo escucho mis pasos.

-Joder-

.Joder.

“Joder”

Camino ausente del mundo conteniendo esa cara de tristeza franca, ocultándola de los que pasan junto a mí aunque no les importe siquiera.

No me ven.

De pronto paso junto a una lavandería, una silueta me contiene: ya la había visto antes, está ahí poniendo el detergente con mucho encanto.

Me quedo varado.

Viéndola con mi cara de llanto contenido en la puerta del negocio.

Ni siquiera me percato de lo estúpido que me veo ahí.

Hasta que ella me mira y rompe el silencio que traigo en mi.

-¿Si?-

Una situación nada romántica-Pienso.

Hola- Contesto yo.

-¿Dime?-

Demasiadas preguntas en poco tiempo, por eso le contesto con otra:

¿Cómo te llamas?-

Y hace un gesto despectivo:

-Irene, ¿por?-

Y quiero contarle lo que me pasa, pero tengo el prejuicio de los locos, además esa cara que hizo me lastimó. Sin querer ella entró en algo que no tiene porqué.

Soy patético.

Me voy caminando como imbecil deseando ser invisible, que mi espalda no exista;

“por favor, por favor”.

-¿Estas bien?- Me grita ella a lo lejos.

Ajá- Digo sin voltear.

Cuando llegó a casa mi hermano me pregunta:

¿Y Sócrates?-

No sé- le respondo.

Ahí va un fantasma…


Un micro-cuentito de hace unos cinco años.

DPMCH

martes, 23 de noviembre de 2010

De lo inexistente y lo circunstancial de ello.

Esta misma mañana caminaba errático y furioso, salvaje como nunca rumbo a mi vida normal, sobre esa calle que uso cuando voy solo en la que un grupo de vagabundos se reunen para beber en honor al mundo. Entonces me encontré frente a una iglesia gris, sobria pero bonita y en ella habían escrito algunos rufianes ociosos "Dios no existe". De verdad no sé si existe, pero de vez en cuando me da señales cuando se las pido, aunque creo que jamás he logrado descifrar ni un carajo de lo que ha querido decirme. Inclusive quizá esa es la respuesta a todas las señales que según yo me envía: "Él no existe".
Me di cuenta que algunas cosas que no existen están ahí porque creemos en ellas, pero no porque sientas algo quiere decir que está ahí.
Muchos creen que Dios sigue ahí, en algún lado porque lo sienten, porque le tienen fe, yo tengo la esperanza de que en realidad exista y que mi existencia como la de todos tenga un significado y no solo estemos aquí sujetos a un ciclo que como humanos buscamos desdeñar.
Al igual está el amor, ese al que todos quieren llegar, algunos inclusive aseguran que el amor es el fin de la vida; es ese algo que muchos buscan sin éxito y otros se lo compran con parches y lo arreglan con tal cuidado que cuando lo terminan acaba como nuevo.
Lo cierto es que el amor es como Dios, es tan grande y magnífico que no existe, pero existe al mismo tiempo: Romeo y Julieta, Edipo, Eléctra, Narciso, son algunos ejemplos de amor real que nos enseñan que el amor no necesariamente es el mismo para todos, pero no deja de ser amor. Al amor igual que a Dios le damos el significado que queramos, no está bien definido y como es indefinible si se nos ocurre que un perro, un helado, una persona o una película es amor para nosotros entonces lo será necesariamente al igual que para Narciso amarse a sí mismo fue amor real como para Romeo y Julieta su novela trágica sin un felices para siempre. El amor es como un huracán, sabes que viene en el camino y piensas que puedes ser duro, pero al final no es así.
El miedo es otro "algo" que no existe, el hecho de que le demos tanta importancia lo hace crecer al igual que las sombras; no sé si algún científico algún día se ha puesto a pensar que las sombras podrían existir más allá de que sean resultado de la ausencia de luz, pero el miedo es idéntico a las sombras, se expande hasta que en algún momento puede ser diez, veinte veces más grande que nosotros mismos que somos su origen.
Ahora, la existencia de los sueños me hace dudar de si estos existen o solamente tenemos fe en que ellos están en nuestro pensamiento, si es así quizá el universo en realidad nos está soñando a todos, me gustaría una existencia así, que nuestra vida fuera un sueño del que saliéramos ilesos al final.

DPMCH